Karlovy Vary, la ciudad balneario de la República Checa

Karlovy Vary, también conocida como Carlsbad, es la ciudad termal más prestigiosa de Bohemia. Ella es particularmente famosa por sus aguas termales con propiedades medicinales. Inmersa en el valle del río Teplá, el centro de la ciudad con su sucesión de columnas, hoteles y establecimientos termales dan  una magnificencia a la ciudad que es acentuada por los bosques que la rodean.

No solo de Praga vive el turismo de la República Checa. Al norte del país, en la región de Bohemia está situada la ciudad de Karlovy Vary, la segunda más visitada del país, conocidada como la “ciudad balneario” por las más de 100 fuentes termales dipersadas por toda la ciudad. Su nombre no en vano, viene a significar algo así como el hervidero (nombre del manantial más famoso de Karlovy Vary) de Carlos, en honor al emperador Carlos IV quien dió privilegios de ciudad a este lugar en 1350. Los efectos curativos de las aguas asociadas a enfermedades como la obesidad, problemas de vesícula, digestivos e incluso algunos tipos de diabetes atraen cada año a centenares de miles de turistas. Los datos son espectaculares. 2.800.000 litros de agua diarios salen a la superficie desde una profundidad de 2000 metros a una temperatura de 72º. El agua puede beberse. En las Columnatas, nombre que se dá a los recintos que albergan las fuentes, hay unas pequeñas jarras donde poder enfriar el agua. Pero también puedes bañarte. Existen una serie de piscinas donde poder pegarte un buen chapuzón. Para lo más pudientes existen hoteles con spa y balneario privado.

Un amigo checo tiene un sueño recurrente: imagina una fuente pública en Praga que emana sin fin litros y litros de cerveza lager. No sé por qué, la verdad. En una taberna checa un botellín de agua vale más caro que una pinta de cerveza (que ronda las 30 kc, poco más de 1€ al cambio) y los checos no necesitan fuentes públicas para animarse a beber cerveza, son con diferencia los líderes mundiales de consumo con una media per capita de 145 litros anuales. De hecho, si tenemos en cuenta que la media incluye en el cálculo a la población infantil (de consumo cero, se entiende), se puede afirmar que los amantes de la cerveza checa como mi amigo superan con mucho la media nacional y beben al año más cerveza que agua. Hasta Nikol, la bella modelo de este reportaje, adora la lager. Están sobrados. No necesitan alfaguaras de cerveza.

En Karlovy Vary, sin embargo, adoran las fuentes de agua. No es un simple sueño. Las numeran y bautizan, miden la temperatura de su agua, las enmarcan entre porches rococó, levantan quioscos románticos, las integran en el urbanismo con lechos de granito y columnatas corintias, construyen edificios enteros para salvaguardarlas… la ciudad entera creció en torno a una fuente.

Sí, seguimos en la República Checa. Karlovy Vary se encuentra a un par de horas en coche de Praga, a unos 120 kilómetros. Estamos muy cerca de la frontera con Alemania, en una región que es una potencia balnearia mundial. En Bohemia occidental se encuentra el ‘triángulo de las Bermudas’ de aguas mineromedicinales y ricos yacimientos peloides, formado por las ciudades de Karlovy Vary, Mariánské Lázne y Františkovy Lázne, también conocidas como Karlsbad, Marienbad y Franzensbad en su grafía en alemán.

Aquí los albornoces son tan típicos como el quimono en Japón, y una de las imágenes más repetidas es la de los paseantes con una jarrita de porcelana en la mano, el equivalente de la bombilla de mate para los argentinos, que utilizan para beber agua de las fuentes en cuanto tienen ocasión.

Durante siglos, antes de que cayera el telón de acero sobre Checoslovaquia, Karlovy Vary refulgía como una legendaria ciudad balneario entre bosques, con edificios rococó color crema y pasajes porticados, donde Beethoven, Liszt y Chopin, al igual que Goethe, Tolstói, Turguéniev, Karl Marx y Sigmund Freud, acudían para desaparecer en un mar de tratamientos con aguas medicinales.

Hoy el esplendor de la ciudad y sobre todo el negocio continúan. Florecen los hoteles balneario con cuerpo médico propio que trata desórdenes digestivos, cardiovasculares, diabetes, colesterol y diferentes problemas de articulaciones mediante curas con agua. La estancia ideal son dos o tres semanas. Durante el periodo comunista, los balnearios, en origen coto de aristocracia y burguesía, pasaron a recibir la afluencia subvencionada por el Estado de obreros y trabajadores jubilados. Ahora, junto con checos, alemanes y árabes, dominan los rusos de vacaciones. De hecho, Karlovy Vary parece su segundo hogar.

La presencia rusa se hace notar. Los vínculos nacieron durante la Rusia zarista con las visitas del zar Pedro I, crecieron con la URSS gracias a las estancias pagadas a sus funcionarios, que pasaban varias semanas de descanso en sus sanatorios y baños termales, y maduran en la actualidad con la Rusia capitalista: el pequeño aeródromo de Karlovy Vary recibe vuelos directos de Moscú, el cirílico está omnipresente en las rutinas diarias, la iglesia ruso-ortodoxa de sv. Petr a Pavel corona la ciudad y hasta hay una villa de descanso a las afueras donde sólo residen vecinos rusos.

CAPITAL DEL AGUA

“Los que vivimos en zonas áridas del mundo sentimos una reverencia por el agua que en otros lugares puede parecer excesiva”, escribió en una ocasión Joan Didion. En Karlovy Vary abunda el agua y la reverencia se hace con la cabeza y el tronco inclinados. A la escritora californiana le gustaba imaginar el recorrido del agua hasta su grifo en Malibú, cómo cruzaba el desierto de Mojave por acueductos y bombas y sifones y presas y desagües, por esa fontanería a gran escala. En Karlovy Vary el agua se halla bajo tus pies. La ciudad se levanta sobre una gigantesca balsa acuífera.

Del subsuelo brotan 80 manantiales que vierten a diario cerca de seis millones de litros de agua de elevado contenido mineral. Hay que echarle imaginación para discernir por qué en un palmo de terreno hay fuentes de agua fría, caliente e hirviendo; fuentes de agua potable y fuentes extremadamente sulforosas; fuentes laxantes, para tratar la circulación de la sangre, la artrosis…

Junto con el otoño, cuando los bosques de esta parte de Bohemia se incendian con unos colores vivos que recuerdan al ‘verano indio’ de las florestas canadienses, el mejor momento para acercarse a Karlovy Vary es el mes de julio, durante la celebración del Festival Internacional de Cine. En el continente no alcanza el prestigio de Cannes, Berlín o Venecia, pero da la talla, suma ya 48 ediciones, la ciudad se rejuvenece con la muchachada ‘gafapasta’, hay más de 200 proyecciones de películas y haciendo cola en las fuentes termales te puedes encontrar tanto a abuelos rusos en tratamiento como cinéfilos y figuras célebres de la talla de Oliver Stone, John Travolta, Isabelle Huppert, Morgan Freeman, o John Malkovich.

Si bien las celebridades suelen alojarse en el Grandhotel Pupp, la sede principal del festival es un angelical mazacote de hormigón armado de 273 habitaciones que se levanta sin disimulo alguno a orillas del río Teplá en pleno centro histórico de la ciudad balnearia. Se trata del Thermal Spa Hotel.

Para algunos, este rascacielos de cemento con el que el gobierno comunista quiso romper en 1977 la armonía arquitectónica clásica es pura vanguardia. Para otros, una verdadera fuente termal de irritabilidad, un atentado estético que retrata a la dictadura. Hay que reconocerle al menos que su piscina de aguas termales, ubicada al aire libre en un alto sobre una roca a cien metros del edificio, dispone de unas vistas fabulosas de la ciudad. Un mirador natural perfecto es el de Rozhledna Diana, al que se puede subir en funicular. El descenso merece la pena hacerlo a través del bosque, en un amable sendero bien señalizado.

En la avenida Nová Louka se encuentra el teatro neobarroco (Mestské Divadlo). Hay que conocer su platea sobre todo antes de que se levante el telón. Sus dibujos son obra del pintor austriaco Gustav Klimt, uno de los grandes protagonistas de la Secesión vienesa. Se trata de un lienzo para gigantes de 94 m2 que cabría en pocos museos del mundo. Es un Klimt joven aún, pero ya manifiesta su debilidad por la lujuria y la belleza. Acompañado de su hermano Ernest y de Franz Matsche, se encargó además de los frescos de la bóveda.

Otro austriaco también trabajó en el teatro, aunque su labor fue menos creativa. Adolf Hitler arengó desde la balconada en más de una ocasión a la numerosa población alemana de la zona durante el Tercer Reich.

CAPITAL DE LA CERVEZA

El agua, no olvidemos, es un ingrediente fundamental en la elaboración de la cervezapivo, en checo–. Como estamos en Bohemia occidental, merece la pena escaparse a la capital de la región y, quizá, de la cerveza. Entre Karlovy Vary y PilsenPlzen– hay apenas 80 kilómetros. La carretera serpentea entre suaves colinas que esconden pueblos agrícolas donde unos campos cultivados de lúpulo y cebada te anuncian el destino.

La cuarta ciudad checa en población tiene la tercera sinagoga más grande del mundo, la torre más alta del país –102.6 m, en la catedral gótica de San Bartolomé; se puede subir y disfrutar de una vertiginosa vista google earth en pleno centro de la ciudad– y cerveza, mucha cerveza. Pilsen es el complemento perfecto de Karlovy Vary. Aquí un bávaro concibió la cerveza lager.

El invento, como tantas cosas, arrancó con un cabreo. La tradición cervecera viene de antiguo, pero hasta el siglo XIX no se hizo la cerveza tal y como hoy la bebemos, la más extendida, la pivo de fermentación baja o cerveza lager. En 1838, los concejales de Pilsen arrojaron 36 barriles de cerveza por el alcantarillado local en una rabieta contra la mala producción de cerveza que les había llegado. A partir de ese momento, el Ayuntamiento controlaría la producción de cerveza con una concesión de licencias limitada a 260 maestros e invirtió en una fábrica municipal para la que ficharon al maestro cervecero bávaro Josef Groll.

En 1842 ocurrió el milagro. Hasta ese momento las cervezas eran oscuras, densas, espesas, mal filtradas. El brebaje tenía que ocultarse en las jarras de porcelana que hoy nos traen nuestras abuelas cuando se van de turismo a Baviera. El 11 de noviembre Groll apareció con una barril de madera de roble en el mercado de San Martín de Pilsen. Dentro había agua blanda, lúpulo de Žatec y malta de cebada fermentada con levadura. Resulta fácil imaginar la expresión del primer afortunado que cató ese líquido dorado, semitransparente, refrescante, en una jarra de cristal colmada con una esponjosa espuma blanca.

En Pilsen se puede visitar la didáctica fábrica de cerveza Prazdroj, de Pilsner Urquell. Urquell en alemán y Prazdroj en checo significan ‘fuente originaria’. Por lo que se ve, Bohemia es una región de fuentes.

En Pilsen, por cierto, se vieron los primeros mulatos de nacionalidad checoslovaca. No es raro hoy ver por la calle a vecinos negros con ojos claros y una perfecta dicción eslava. Son los descendientes de las noches felices que pasaron los reclutas norteamericanos tras la liberación de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial en 1945. Cada 6 de mayo se recuerda con devoción la derrota nazi a manos de las tropas estadounidenses dirigidas por el general George Patton, que acabó aquí su recorrido triunfal y no tuvo el permiso aliado para continuar hasta Praga. El caramelo de la liberación de la capital se lo comió el Ejército soviético.

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